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Los viajes de mi vida

 En esas listas mentales que todos nosotros nos hacemos y más de uno publica, es normal preguntarse cuál ha sido el mejor viaje que hemos realizado hasta la fecha.
Reconozco que soy una persona afortunada que ha hecho grandes viajes y, sobre todo, ha disfrutado lo indecible en cada uno de ellos será por eso que me cuesta más subrayar un único viaje.
Antes de intentar contestar a esta pregunta deberíamos definir qué hace que un viaje sea el mejor: ¿que vayamos muy lejos?, ¿que aprendamos mucho del país en el que estemos?, ¿que nos lo pasemos en grande?, ¿que volvamos con miles de fotografías que dejan a cualquiera boquiabierto?, ¿que nos pasemos las siguientes semanas suspirando por volver?, ¿que hagamos realidad un sueño?, ¿que experimentemos emociones nuevas?, ¿que nos descubramos a nosotros mismos?, ¿que, una vez que volvemos, nos parezca increíble haber estado allí?…
Maletas antiguas en un mercado chino
Para cada una de esas preguntas hay un viaje que se podría considerar el mejor pero si queremos unificar criterios quedémonos con que el mejor viaje de nuestra vida tiene que haber hecho de nosotros mejores personas, habernos llenado de energía y ganas para afrontar peores momentos y nos ha permitido descubrir lugares y personas que parecían ciencia ficción en nuestra cabeza.
Si es así, me inclino a pensar que el mejor viaje de mi vida fue el mes que pasé en Japón recorriendo la isla de norte a sur. Sé que nunca podré repetir ese viaje porque la Elena que cogió el avión con destino a Tokio poco tiene que ver con esta que escribe ahora este post, por eso temo volver aunque lo deseo indeciblemente y es que no quiero encontrarme con que lo que entonces me maravilló hoy ni siquiera reluzca un poco ante mis ojos.
Templo de Nara (Japón)
Otro viaje que lucha por ser el viaje de mi vida fue las semanas que pasé en Myanmar. La memoria, que es sabia cuando quiere, se ha encargado de atenuar las enfermedades y me ha grabado en la cabeza una única cosa: la sonrisa de los birmanos y el soniquete cantarín con el que te daban los buenos días en todo momento: ¡Mingalarbar! Aún me sigue costando comprender cómo me sentí tan acogida en un país con un régimen dictatorial que asfixia a sus habitantes.
Pescador en el Lago Inle (Myanmar)
Y, por qué no, busquemos un tercer viaje. Por eso del famoso podium, en este caso sí tengo más dudas. Quizás podría ser el Transiberiano por la experiencia y el reto vital que supuso, Argentina por lo ansiado que fue o Nueva York porque allí se cumplieron muchos sueños pero creo que hay otro viaje, más pequeño y cercano, que se merece esa posición: recorrer Islandia al ritmo de Sigur Ros fue todo lo espectacular que podía pedir; tuvo tanta magia, energía y latidos como la música de este grupo.
Cascada Seljalandfoss (Islandia)
¿Y qué quiero decir con esto? ¿Que los países/viajes que más recomiendo son esos tres? Para nada. Recordemos el posesivo que aparece en el titular de este post: son los viajes de mi vida. Son experiencias personales, subjetivas y difícilmente extrapolables a ningún otro ser en este mundo. Ni siquiera a tus compañeros de aventura que vivieron contigo esas experiencias. Recordemos nuestras clases de filosofía del instituto: “Yo soy yo y mis circunstancias” lo que, aplicado a un viaje, quiere decir que como yo me encuentre hará que considere más o menos maravilloso un paisaje o más o menos espantosa una situación difícil.
Ahora tengo un reto: hacer que dentro de unos años, nuevos viajes hayan desbancado a estas tres experiencias de mi top experiencial.

Lugares donde pasar el resto de mi vida: En bicicleta por los viñedos del Lago Inle (Myanmar)

Los viernes viajamos con los recuerdos que nos dejaron lugares y momentos únicos, que no queremos (ni podemos) olvidar.

Para desconectar de los días sin luz, de las cosas que no salen como uno quiere, de este frío y de la tristeza que a veces se empeña en quedarse más de la cuenta; hoy me voy de paseo en bicicleta por el Lago Inle, ese lugar de cuento que se encuentra en la olvidada Myanmar.

Y todo por un artículo de El Mundo sobre un raro vino birmano que se cultiva en esa zona y que me ha hecho recordar, mas que el sabor de su tinto, el increíble paisaje donde se encuentran sus viñedos.

Los viajeros recorren las aguas del Lago Inle en sus barcas y se olvidan de conocer los terrenos que lo rodean donde, además de paisajes frondosos, se encuentran pueblos y etnias de indiscutible interés.

Alquila una bici, toma el camino que sale de Nyaung Shwe en dirección a Mang Thawk, y prepárate a sonreír y a gritar “Mingalaba” cada vez que te cruces con un lugareño que, como buenos birmanos, estarán encantados de darte conversación y mostrar un sincero interés por aquello que les quieras contar. Prepárate también para el olor dulzón de la vegetación, para esa competición de colores verdes intensos y para sentirte en uno de los lugares más especiales que hay en este planeta.

 

Vinedos en Myanmar

Myanmar: datos prácticos

Visado: Se necesita visado para entrar pero la forma de conseguirlo varía frecuentemente. Hasta el pasado 1 de septiembre se podía conseguir el visado a la llegada al aeropuerto de Yangon pero desde entonces es necesario entrar en el país con el visado ya adquirido. Para ello hay varias opciones: solicitarlo en el país asiático a donde llegue tu vuelo (recordemos que no hay ningún vuelo directo a Myanmar desde Europa), siendo lo más común Tailandia o Malasia, o solicitarlo previamente a la embajada birmana más cercana (para España lo más fácil es enviar el pasaporte junto con las fotos, formularios y el dinero a la Embajada de Berlín).
Hay una tercera forma que nadie ha podido asegurarme de su fiabilidad pero que está ahí y se plantea como una opción cómoda y más sencilla y es completando el formulario que hay en internet.

 

Viajes organizados: Myanmar en un país muy tranquilo. Con un poco de sentido común y haciendo caso de consejos obvios (tales como no intentar entrar en las zonas fronterizas prohibidas para extranjeros o no polemizar con los militares) es innecesario contratar un viaje organizado. La diferencia de presupuesto entre un viaje por agencia y un viaje por libre puede ser, fácilmente, cuatro veces más.

 

Comunicaciones: No vas a tener demasiadas formas de comunicarte con el exterior desde Myanmar, por supuesto nuestros móviles españoles no sirven para nada allí aunque, si el terminal está liberado, una buena opción es comprar una tarjeta de móvil precargada para poder llamar y estar disponible los días que pases en el país.
Otra opción es internet ya que cada vez hay más cibercafés que te permiten navegar por la red. Como los dueños son auténticos hackers son capaces de conseguirte acceso a la página que desees incluidas, por supuesto, las de correo web.

 

Alojamientos: Hay para todos los gustos y presupuestos. Desde hostel básicos donde dormir por menos de 10 euros (habitación doble, con baño y desayuno incluido) hasta resorts fantásticos que te aíslan del país (verlos no los vi pero sí me encontré con muchísimas vallas de publicidad que anunciaban los susodichos hoteles de gran nivel). Por supuesto, también existen opciones intermedias muy interesantes.
Dependiendo de tu presupuesto y tu nivel de exigencia, puedes encontrar algo acorde a lo que buscas en cualquiera de las zonas más turísticas. Fuera de allí las opciones son mucho menores y el campo para elegir se reduce considerablemente.

 

Comidas: La gastronomía birmana es poco variada pero sabrosa y no suele ser tan picante como, por ejemplo, la tailandesa. Merece la pena probar los menús cerrados que hacen en las casas de comida y en algunos hostales porque te sorprenderán lo bien que saben aprovechar materias primas tan sencillas y básicas como las que utilizan. Aún así, Myanmar no es un destino culinario a la altura de otros países del sudeste asiático.

 

Transporte: Moverte por el país es difícil, tedioso y muy largo. Como en cualquier otro viaje tienes tres ítems irreconciliables que debes plantearte en lo referente a cómo moverte:
– Tiempo: Recorrer cualquier distancia en Myanmar lleva mucho tiempo, primero porque las carreteras son pésimas, segundo porque las zonas están muy mal comunicadas y, además de que hay un número escaso de medios de transporte, siempre tienes que intentar combinar un par de ellos para completar el recorrido y tercero porque los extranjeros no pueden coger todos los autobuses/trenes que existen.
– Dinero: Moverse en Myanmar es muy barato pero, por supuesto, la diferencia entre hacerlo en avión y en autocar es muy grande.
– Conocer la cultura: Los birmanos son gente muy generosa y extrovertida y viajar con ellos es una forma genial de conocerlos más de cerca.
En el caso de Myanmar hay que añadir un cuarto:
– Compromiso: El Gobierno birmano se lleva un porcentaje de la mayoría de los transportes, por tanto, es importante encontrar (y viajar) en aquellos medios más económicos para reducir ese dinero que se lleva la Junta Militar al mínimo posible. Lo ideal es elegir medios de locomoción privados para que el dinero que dejas revierta en el propio pueblo birmano.
Si quieres coger aviones la única opción que tienes es reservarlos a través de una agencia de allí. En nuestro caso, los solicitamos a Gulliver Travels, ellos reservaron los billetes y una vez en el país se los pagamos (eso supuso que entráramos en Myanmar sin el billete de salida del país ya que volábamos directamente a Chiang Mai desde Yangon pero no fue ningún problema a la hora de conseguir el visado).

 

Planning: Los días de Myanmar fueron parte de un viaje de un mes por el sudeste asiático por lo que el recorrido no fue todo lo extenso que en un principio hubiera querido y tuvimos que ir con más prisas de las deseadas pero, aún así, la organización básica del itinerario es válida para cualquier viaje más extenso y completo:

Día 1: Vuelo a Yangon desde Bangkok
Día 2: Yangón
Día 3: Yangón (estaba prevista una visita a Bago que no llegó a producirse)
Día 4: Traslado de Yangon a Mandalay y visita de la ciudad
Día 5: Excursión a Sangaing + Inwa + Amarapura desde Mandalay
Día 6: Excursión a Mingun desde Mandalay y traslado a Bagan
Día 7: Visita a Bagan
Día 8: Visita a Bagan
Día 9: Traslado desde Bagan a Lago Inle (visita a las Cuevas de Pindaya)
Día 10: Lago Inle
Día 11: Lago Inle
Día 12: Lago Inle
Día 13: Traslado del Lago Inle a Yangon y de Yangon a Chiang Mai

Myanmar en las páginas de los libros

Tu viaje son muchos viajes.

Son todos aquellos que has leído previamente, de los que has oído hablar, los que tú contarás.

Un viaje SIEMPRE SIEMPRE tiene un previo en el que empiezas a pensar cómo sonará ese lugar, cómo olerá, qué veras. Y ese previo, para mí, son páginas de novelas que llegan a mis manos de las más diversas fuentes.

Opiniones políticas, relatos de viaje, novelas ambientadas… durante meses recorrí Myanmar a casi 10.000 kilómetros de distancia.

Este listado de libros que viene a continuación no pretende ser ninguna selección experta de novelas sobre el país, ni de “lecturas imprescindibles” antes de comenzar el viaje, simplemente son/fueron mis guías literarias antes de partir hacia ese país de Asia tan olvidado, incluso en la literatura.

Libros sobre Myanmar

El viaje literario empezó en el Siglo XIII con los grandes viajes de Marco Polo en El Libro de las Maravillas, un relato donde se mezclan las fronteras, tradiciones y culturas de toda Asia.

“El Gran Khan conquistó esta provincia de la manera siguiente. Les dijo a todos los juglares de su corte que quería que fuesen a conquistar la provincia de Birmania, y que a tal efecto les asignarían los capitanes y pertrechos necesarios. Los juglares aceptaron de buena gana, acudieron a Birmania con el acompañamiento indicado y se adueñaron de la provincia. Al llegar al ciudad, vieron aquellas dos marvillorsas torres e informaron al Gran Khan de lo valiosas que eran y de cómo estaban construidas, preguntándole si deseaba que las derribasen y le enviasen el oro y la plata de que estaban revestidas. El Gran Khan, al saber que aquel rey las había mandado construir por la salvación de su alma y en memoria suya, ordenó que no fueran destruidas, sino que se las mantuviera para que siguieran cumpliendo la función para la que habían sido erigidas por el antiguo rey.”

Y continuó con Aung San Suu Kyi, la líder de la oposición birmana, el cerebro ideológico de los contrarios a la dictadura militar y Premio Nobel de la Paz que ha escrito varios libros en los que cuenta al mundo la forma de vida de los ciudadanos birmanos y, especialmente, la de los disidentes políticos. En Cartas desde Birmania, un compendio de artículos publicados por un periódico japonés durante los dos arrestos domiciliarios que sufrió la hija del creador del ejército birmano, Aung San Suu Kyi habla de múltiples temas: desde la ceremonia del té, a la obligación de registrar en una comisaría a todas las personas que pasen la noche en una casa…

“Las personas que visitan mi país suelen elogiar la amabilidad, la hospitalidad y el sentido del humor de los birmanos. De ahí que se pregunte cómo es posible que un régimen brutal, autoritario y, desde luego, falto de humor pueda haber surgido en un pueblo así. Habría que escribir toda una tesis para responder de manera exhausta a esa pregunta pero, resumiendo, podría afirmarse, como ya lo hizo un escritor, que Birmania es, en efecto, una de esas tierras llenas de encanto y de crueldad a la vez.”

Otro autor que no puede faltar en esta chapucera (y demasiado personal) lista de obras relacionadas con Myanmar es George Orwell, conocido por sus libros comprometidos contra el totalitarismo y las políticas conservadoras. Orwell estuvo destinado en Myanmar durante 5 años como Policía Imperial y durante ese tiempo, escribió Los días de Birmania un libro en el que se reparte odio por igual hacia nativos y colonizadores. Un libro triste, lleno de paisajes feos y costumbres odiosas de ambas civilizaciones que transmite la soledad y desánimo que el autor debió sentir durante su vida allí:

“Uno se puede dar cuenta de eso con sólo observar  atentamente el arte de estos pueblos orientales: una civilización que se perpetúa una y otra vez prácticamente inalterable, hasta remontarse a tiempos en los que andábamos vestidos con hojas y hierbajos. De algún modo que no soy capaz de explicarle, todo el espíritu y el tipo de vida de Birmania se resumen en la manera que tiene la muchacha [bailarina de danza pwe] de retorcer los brazos. Viéndola se pueden ver los arrozales, las aldeas resguardadas por tecas, las pagodas, los sacerdotes con sus túnicas amarillas, los búfalos nadando en los ríos por la mañana temprano, el palacio de Thibaw…”

Tras leer a Orwell topé con un libro de viajes escrito por Emma Larkin quien se propuso analizar la figura del escritor y su relación con Birmania: Historias secretas de Birmania. A la sombra de George Orwell. Interesante por la cantidad de testimonios de birmanos que incluye y por lo exhaustivo de su investigación.

“«Mandalay» es uno de los pocos nombres de lugares birmanos que el Gobierno militar no ha cambiado. En 1989, el régimen rebautizó calles, pueblos y ciudades de todo el país. (…) La mayoría de los nombres antiguos eran los que el Gobierno británico había utilizado en birmano anglicanizado, y el nuevo régimen militar expresó que los cambios eran necesarios desde hacía tiempo para deshacerse de viejas etiquetas coloniales. Sin embargo, había un motivo más poderoso. Los generales estaban reescribiendo la historia del país. Cuando un lugar recibe un nombre nuevo, el antiguo desaparece de los mapas y, con el tiempo, también de la memoria humana. De esta forma, quizá́ también se puedan eliminar los recuerdos del pasado. Al rebautizar las calles, los pueblos y las ciudades, el régimen se hizo con el control del espacio donde vivía la gente; las direcciones personales y profesionales tenían que cambiarse. Además, con el cambio de nombre del país, los mapas y enciclopedias del mundo entero tenían que introducir correcciones. El país conocido como Birmania desapareció́ como tal y fue sustituido por uno nuevo: Myanmar.”

Un lugar llamado nada es una novela ambientada en Myanmar que la escritora, Amy Tan, escribió sin pisar nunca ese país. Se trata de la historia de un grupo espeluznantemente tópico de norteamericanos recorriendo el país y el choque cultural de ambas formas de vivir. Divertido y muy bien narrado, merece la pena más como entretenimiento que por sus “fiables” datos.

“Cuanto más se acercaba el autobús a la frontera, más colorido se volvía el mundo. Las mujeres birmanas vestían faldas con multicolores motivos florales y llevaban la cabeza enfundada en una especie de turbante, sobre el cual cargaban en equilibrio las cestas de mercancías destinadas al mercado. En las mejillas tenían unos dibujos amarillos, pintados con un ungüento que se fabrica machacando la corteza del árbol thanaka.”

Por último está Crónicas birmanas, sin duda la mejor guía que he leído del país. El autor, Guy Delisle, estuvo viviendo una temporada en el país junto a su pareja, una cooperante de Médicos Sin Fronteras, y con mucho humor,  curiosidad y crítica relata pequeños aspectos de la vida cotidiana de este sorprendente país.

Crónicas Birmanas

 

 

 

 

Myanmar (VI): Y el cuento se acabó – Lago Inle –

En algún lugar leí, antes de empezar el viaje, que si Birmania era un cuento, el Lago Inle era uno de los capítulos más apasionantes del mismo.

Una vez que estás allí te das cuenta que eso es completamente cierto.

Pero más que un capítulo es un epílogo o una precuela porque Inle no es Myanmar. Contiene su esencia pero allí transcurre otra historia, otra vida.

Myanmar es lento. Inle es relajado.

Myanmar transpira. Inle respira.

Myanmar es estático. Inle se filtra.

Myanmar permanece a la espera. Inle bulle.

Barca surcando el Lago Inle

Pescador del Lago InleMercado de Mang Thawk

Toda la región que rodea al Lago Inle supone un viaje dentro del viaje. Los días allí fluyen como uno de los ríos marrones y vigorosos que cruzas en este país: de forma suave pero constante, evitando alteraciones del curso del agua, tomando fuerza para las pendientes y dejándose mecer en las laderas.

Desde Nyaung Shwe puedes coger una barca y recorrer las orillas del lago o incluso puedes llegar más lejos y visitar Sankar, esa tierra que hasta hace unos años era inaccesible a los extranjeros y a la cual ahora sólo puedes acceder con un guía de la tribu karen. Pero también puedes visitar el lago desde tierra, cogiendo una bici o dando paseos andando por los infinitos caminos que aparecen: puedes acercarte a los baños naturales de agua caliente, recorrer los viñedos o llegar al mercado de Mang Thawk. No hace falta pensar mucho en el destino, sinceramente, cada curva del lago guarda una sorpresa y nunca sabes cuál va a ser.

 

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NYAUNG SHWE

Alojamiento Hotel Amazing Nyaung Shwe

Restaurante View Point

Consejos Aunque el sentido común te diga que debes ver esta zona después de Yangon y antes de Mandalay es mucho más recomendable dejarlo para el final del viaje.

Imprescindible Además de conocer el lago dando una vuelta en una barca de motor, una excelente forma de adentrase en la zona es alquilar una bicicleta y seguir el contorno del lago por los diferentes caminos de tierra que existen (aunque es imposible dar la vuelta completa al lago por tierra).

 

Myanmar (V): Los mil y un Budas – Pindaya –

Llegar a Pindaya desde Heho requiere de paciencia y una buena dosis de biodramina. Las carreteras, como casi todas las de Myanmar, son estrechas, llenas de curvas y con poco asfalto. Una vez en Pindaya, las cuevas son fáciles de encontrar, basta con mirar a lo alto de la colina y seguir la carretera llena de puestos comerciales dirigidos a los visitantes.
Lo primero que encuentras a la entrada de las cuevas es una enorme araña. Que hayan elegido un animal tan curioso como símbolo de la ciudad se debe, por supuesto, a una leyenda pero no por ello deja de llamar la atención (y de paso te preocupa un poco el qué te vas a encontrar dentro de las cuevas).
Como ya te has esforzado bastante en llegar hasta allí, una vez en la entrada puedes subir cómodamente en ascensor hasta las propias cuevas.
¿Y qué encuentras una vez que estás dentro? Una inusitada colección de Budas que ocupan todos y cada uno de los centímetros libres en las paredes de las rocas.
En los últimos dos siglos, diferentes peregrinos han ido donando imágenes de Buda hasta superar las 8000 estatuas. Cada una de ellas de un estilo y un material diferente (desde oro hasta mármol o madera).
Además de por lo bizarro de esta singular colección, las Cuevas de Pindaya sorprenden por la atmósfera esotérica que crea la humedad del entorno, los brillos de las esculturas y esa mezcla de olores.
¿Es un lugar bonito? Probablemente no lo sea pero, sin lugar a dudas, es de esos rincones que sorprende y se recuerda por mucho tiempo.
Cueva de Pindaya
Buda dorado
Luego otra vez el ascensor y una nueva sesión de carretera. Otra vez a sufrir curvas, baches y adelantamientos imposibles. Desde detrás del cristal del taxi que te lleve hasta allí podrás ver la cara más real y más cruda de Myanmar. Desde el primer momento en que pones el pie en Myanmar te das cuenta de lo pobre que es ese país pero aquellos que dirigen el país no son tontos y los turistas no se encuentran con la vida real en ningún momento, ven una fachada maquillada malamente y con costras que empiezan a desprenderse pero que aún oculta lo más difícil de digerir del régimen birmano.

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Rincón publicado (en versión resumida) en Minube

Myanmar (IV): Infinito – Bagan –

Como ya he comentado Myanmar es un país en el que puedes sentirte solo. Abandonado. Pero esa sensación se acaba en el momento en el que pisas Bagan o, mejor dicho, cuando estás en Bagan y queda media hora para que el sol se despida. Entonces, no sabes de dónde, comienzan a surgir cientos de turistas-vampiros que en cuestión de minutos te rodean. En Myanmar esa raza nativa de los viajes-organizados se mueve por un horario muy peculiar y es  la puesta de sol la hora que más les activa.

Los turistas-vampiro se mueve en grupo y siempre tiene mucha prisa por lo que para deshacerte de ellos es fácil: espera 10 minutos a que hagan sus fotos y compren todo lo que tengan a su alcance, entonces abandonarán el lugar, como si se tratase de un campo arrasado del que no pudiesen obtener nada más. Suspira. La tranquilidad perdida habrá vuelto…

Ese es el recuerdo de mi segundo atardecer en Myanmar, uno que vino precedido de una visita al galope de los templos más lejanos. Templos que aparecen de la nada y que se elevan, aún dignos, en una tierra que hace siglos debía brillar como el oro.

Antes de ese día hubo una tarde y un primer atardecer. Más especial. Más íntimo. Más memorable. Gracias, @Pak, por llevarme hasta allí.

Atardecer desde el río (Old Bagan)

Pero estas en Myanmar y no puedes dejar que un autobús de turistas o un inoportuno dolor de tripa eclipse a ese Bagan del que todo el mundo habla y con el que todo el mundo debería soñar.

Así que llega otro día, te montas en una bicicleta y te dedicas a ver los últimos templos que tenías en mente. Y cuando sales a la carretera te sorprende una legión de vendedores de cuadros que, a bordo de su moto, intentan negociar contigo mientras tú pedaleas sorteando carros. Y luego, inesperadamente, una pareja también motorizada llega con el libro de George Orwell en castellano para ofrecértelo y cuando te parece que todo eso tiene un punto surrealista muy divertido te encuentras con un chaval que es capaz de cantarte la canción de La Flaca de Andrés Calamaro de pe a pa. Y entre historia e historia te encuentras templos como el Ananda que si no fuera porque el suelo arde te pasarías horas contemplando o el Thatbyinnyu que, no sé sabe cómo, conserva unos detalles arquitectónicos sumamente elaborados o el templo Sulamani en el cual entrevés, alumbrados por la intermitente luz de la linterna de uno de los restauradores, las impresionantes pinturas murales que acoge o fisgoneas la silueta de otras estupas desde el Nathlaung Kyaung

Templos de Bagan

Templo Ananda (Bagan)

Templo Bagan

Y luego llegas a un templo totalmente vacío desde el que poder contemplar la multitud de estupas y pathos que ves en el horizonte escuchando únicamente el viento mover levemente las hojas de los árboles bajo cuya sombra reposa tu bici. Y quizá ese Pyathada Paya, al que has llegado por pura casualidad, no sea el templo más impresionante que has visto pero, sin duda, será aquel que te deje un recuerdo más perdurable.

Vistas desde el Pyathada PayaBicicletas junto al Pyathada Paya

Y confías, ilusamente, en encontrar un templo tan tranquilo como ese para ver cómo el sol se oculta en el horizonte pero, claro, los turistas-vampiros vuelven a irrumpir y terminas haciendo más caso a esa curiosa fauna que a ese sol anaranjado y vergonzoso que, una vez más, acaba escondiéndose detrás de las nubes y dejándonos a todos con la cámara encendida y un pizca de decepción.

Pero nadie puede irse de Bagan con esa sensación porque allí siempre se tiene otra oportunidad, otro plan: ¿Qué tal un amanecer perfecto antes de seguir el viaje?

Aquí lo tienes:

Amanece en Bagan

Ahora sí, ¡adiós Bagan!

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BAGAN

Alojamiento May Kha Lar Guest House

Restaurante El estado de mi estómago no me permitió hacer muchos experimentos gastronómicos pero las pizzas de la calle principal de Old Bagan me salvaron el día.  

Consejos No merece la pena ir a los templos más turísticos para ver atardecer. Con poder ir a uno con la suficiente altura para ver la llanura de Bagan es más que suficiente.

En Bagan es más fácil encontrar conexión a internet que en otras ciudades birmanas, es una buena oportunidad para dar señales de vida a los familiares y amigos a través de la red.

Si vas a coger bici (o ir a ver el amanecer/atardecer) acuérdate de llevar linterna (y mejor si es un frontal).

Imprescindible Coge una bici y lánzate a ver los templos por tu cuenta. Si no tienes mucho tiempo alquila un coche de caballos para ver los más alejados (o para ir a ver amanecer/atardecer) y céntrate en recorrer los más cercanos con la bici (los de Old Bagan y algunos de la llanura central).

Myanmar (III): Una vuelta por la historia – Sagain, Inwa, Amarapura y Mingun –

¿Un día perfecto? Puede ser que éste lo fuera. Un día que toma prestada la música de La Habitación Roja como ritmo y espíritu oficial.

Un día que empieza en Mandalay pero se esparce por las ciudades de alrededor de forma viscosa y contagiosa y es que poca gente viene a Mandalay a vivir su ambiente (una mala decisión según mi opinión) pero sí acuden muchos turistas a visitar las llamadas ciudades imperiales de los alrededores. Todas ellas fueron capital del país en algún momento de la historia y aún conservan parte del misterio y anecdotario que se debió vivir en ellas durante aquellos años.

Podríamos decir que empezó el día cuando atravesamos el gran puente sobre el río Ayeyarwady que nos llevaba a Sagain. Allí, una vez que alcanzamos la cima -tras subir sus infinitos y agotadores escalones-, obtuvimos una vista espectacular de su horizonte: toda una colina de frondoso verde por la que se esparcen sus más de 500 estupas blancas. Ya en la cima,  sólo tuvimos que dedicar las siguientes horas a seguir algunos de sus senderos que se internan por la zona.

Vistas desde la colina de Sagain

Tras perdernos y encontrarnos casi sin querer por esa colina le tocó el turno de a Inwa. Cogimos una barca que parecía estar esperando a que un turista cualquiera llegase para partir y cruzamos a la otra orilla. Allí había una legión de carros tirados por mulas y sus chóferes se encargaban de convencerte para coger uno de ellos. No había muchas otras opciones así que, al paso cansino y sofocado de esas esqueléticas mulas vimos Inwa.

Inwa es agua, estupas y vegetación en desordenada alternancia salpicada por Budas sonrientes y monasterios reconvertidos en escuelas. Inwa es un pequeño paréntesis, una isla con baches en la que buscando sombra te encuentras tesoros resecos.

Recorriendo Inwa en carro

Monasterio escuela en Inwa

Inwa: Buda escondido

Barca para llegar/salir de Inwa

Y la tarde pasaba. Y el sol empezaba a perder altura. Y nuestro taxi azul puso rumbo a Amarapura y su famoso puente. Esos 1.200 metros de teca que podrías recorrer una y otra vez sorprendiéndote de los reflejos en el agua, de la gente que te cruzas en el camino, de las nubes que se instalan en el horizonte, de los colores imposibles que el atardecer se inventa. Sin duda, éste fue uno de los más geniales momentos del viaje. Ese instante que, si hubiera podido capturarlo, reviviría en los días menos buenos. Sería una píldora de positividad para los estados carenciales de alegría.

Puente de Amarapura: monjes y bicicletaAtardecer en AmarapuraAtardecer sobre el Puente de U Bein

Al día siguiente, antes de salir rumbo a Bagan, fuimos hasta el embarcadero de Mandalay y compramos un billete para el barco que nos llevaba a Mingun. Como siempre, sólo 4 personas hicimos el trayecto, todos turistas.

Las pulsaciones del viaje bajan mientras te dejas mecer por el cauce del Ayeyarwady, el río marrón, pastoso y consistente que tan importante es en este país. Es su fuente de ingresos. Es su enemigo porque separa tierras. Es su aseo diario. Es un vecino amistoso con quien la convivencia es perfecta… pero, a la vez, es un río irreal, ajeno y casi sobrenatural.

En una poco más  de una hora llegamos a nuestro destino. El barco se detiene junto a una construcción maestuosa desde la cual los niños saltaban al agua, las mujeres lavaban sus ropas y los visitantes se encargaban de hacer fotos a ese especie de templo calado en blanco que contrastaba con las aguas marrones del río.

Y luego te mueves a paso cansino, como si aún estuvieras flotando, por esa ciudad. Visitando uno de los templos más bonitos de todo Myanmar, la Hsinbyume Paya, e intentando imaginar qué hubiera ocurrido si el Rey Bodawpaya hubiera llevado a cabo su proyecto y la actual mole-montaña que sorprende en medio de Mingun fuese un templo dorado y colosal.

Cubierta del barco a Mingun

Niños saltando al agua desde el embarcaderoHsinbyume Paya

Tocaba volver a Mandalay remontando el cauce de ese incomprensible río inexistente que va más allá de nuestra imaginación. Y, de vez en cuando, la canción seguía sonando, débilmente, en tu cabeza repitiendo una y otra vez: Hoy es un día perfecto, hoy es un día perfecto, hoy es un día perfecto…

Myanmar (II): La vida desde un taxi azul – Mandalay –

En Mandalay los recuerdos viajan sobre cuatro ruedas. Cada imagen de esa caótica ciudad fue recogida en la parte trasera de una pequeña furgoneta azul que hacía las veces de taxi. Los saludos de los viandantes, de las familias enteras que ocupaban una diminuta moto, de los niños que saltaban a la carretera ansiosos de que les dijeses “hola”, de los monjes que daban color a las andenes… todo tenía el ritmo que los baches imponía, el olor a gasolina usada que desprendía nuestro taxi y el sonido de la canción de Shakira para el Mundial que los birmanos consideraban que era el himno pseudo-oficial de España y con la que nos obsequiaban todos los días.

Pareja en motocicleta

Pequeños monjes saludan desde la camionetaAutocar de línea

Mandalay, esa ciudad fea y a la que nadie gusta, fue la gran revelación del viaje. Días de cielos azules, gente emocionante y muchas cosas por hacer.

Mereció la pena pasar un día recorriendo sus principales puntos de interés:

Ver como los hombres (sí, también en el budismo existe la discriminación por sexos) cubrían de oro el Buda que está alojado en la Mahamuni Paya, un buda ya deformado por el exceso de donaciones diarias que recibe pero que es venerado y cuidado hasta el extremo.

Hombres colocando láminas de oro a Buda

Pasear entre las blanquísimas stupas de la Kuthodaw Paya, cada una de las cuales alberga una losa con un texto de la Tripitaka, lo que hace que a esta pagoda se la conozca como “el libro más grande del mundo”.

Stupas de la Kuthodaw Paya

Y, sobre todo, el Monasterio Shwenandaw, tallado de arriba abajo tanto su fachada como su interior en el que un magnífico Buda preside una atmósfera increíblemente mística.

Buda dorado del Monasterio Shwenandaw

La luz de sol se agotó con una fatigosa subida a la colina de Mandalay (prescindible según mi punto de vista).

Era hora de aprovechar la tarde. Las opciones culturales en Myanmar son abundantes. Las más conocidas son los espectáculos de los Moustache Brothers y las representaciones de marionetas. Estas últimas, de gran tradición en todo el país, recrean las creencias y costumbres birmanas con música y danzas.

Espectáculo de marionetas en Mandalay

Al poco de llegar te das cuenta que Myanmar es un país vacío. Abandonado.

Muchas veces recorriendo ese país te da la sensación de que está esperando a alguien, todo parece preparado a falta de que lleguen los invitados, que ocupen sus posiciones y entonces todo cobre vida.

Esa sensación empezó en el avión que nos llevaba al país, ocupado en menos de un 15%. Pero luego, ya en Myanmar, esa impresión fue convirtiéndose en una certeza: en la mayoría de los restaurantes siempre había más mesas libres que ocupadas, las pagodas parecían cerradas de lo solitarias que estaban, los barcos no salían del puerto porque no había suficiente gente para que compensara el viaje…

Pero esa realidad fue especialmente llamativa en el teatro de marionetas de Mandalay. Una compañía de seis marionetistas, cinco músicos, dos bailarinas, más gente de iluminación, acomodadores, taquilleros…  dieron una función para, exactamente, tres personas. Todo un lujo pero también una rabia. Tanto esfuerzo y tan poco repercusión, tanto entusiasmo y tan poco alcance. U Pan Aye, el maestro de la compañía de 81 años y el resto del equipo estaban preparados, las marionetas y sus historias estaban presentes, las butacas estaban listas… sólo faltaba que hubiera alguien que quisiera sentarse y compartir con ellos esa tradición que se remonta al siglo XV, esos momentos de complicidad.

Compañía de Marionetas de Mandalay

Y luego volver al hostal, recordando en qué esquina había que girar y evitando las motos que circulaban sin luz. Descubriendo que los taxis azules te traen y te llevan pero que tu sentido de la orientación no sabe circular, que sólo se activa andando.

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MANDALAY

Alojamiento Peacock Lodge

Restaurante El Peacock Lodge (no es un restaurante pero algunos días preparaba un menú cerrado para sus huéspedes muy recomendable).

Consejos La mayoría de las calles no tienen alumbrado público por lo que siempre es buena idea llevar una linterna en la mochila.

Imprescindible Negocia un tarifa para un día completo con unos de los múltiples taxis azules que hay en la ciudad y haz un recorrido de un día por Inwa, Sagaing y Amarapura. Aprovecha el día siguiente para coger un barco y visitar Mingun.

 

 

Myanmar (I): Casualidades y primeras impresiones – Yangon –

A Myanmar llegamos, como suele decirse, de casualidad. Los altercados entre los Camisas Rojas y el gobierno en Tailandia cambiaron nuestros planes que iban encaminados en otra dirección. Pero Myanmar siempre había estado allí. Latente. Esperando el momento para ser visitada… y era la oportunidad perfecta para decirle sí.
A Myanmar entramos, como suele decirse, por suerte. Tres días antes de salir de viaje nos anunciaron que el gobierno birmano anulaba la visa on arrival… Por suerte entramos en el país dos días antes de que esta medida entrase en vigor. Por suerte, el avión que nos llevaba a Bangkok aterrizó antes de tiempo y conseguimos coger el último avión que ese día llevaba a Yangon.
Gracias a la casualidad y a la suerte Myanmar fue real.

Un avión semivacío se hace mucho más grande y triste que uno repleto. En este caso, en el FA3792 que nos llevaba de Tailandia a Myanmar no íbamos más de 28 personas (en un avión de 180 plazas), menos de la mitad éramos occidentales. Entonces no lo sabíamos pero esa iba a ser la tónica del viaje.
La escasa hora y media que dura el vuelo la ocupamos en rellenar los 5 formularios que nos exigían para entrar en el país (además de 30 dólares y 3 fotos de carné), luego sólo quedaba esperar y cruzar los dedos esperando que los funcionarios birmanos se contentasen con eso…

Y en nuestro caso se contentaron. Estábamos en Yangon, estábamos en Myanmar.
Desde la ventanilla del taxi que nos llevó al hotel veíamos puestos de fruta en las aceras, admirábamos inestables construcciones, adelantábamos a pequeñas furgonetas repletas de gente y a osadas bicicletas zigzagueantes. Ni una valla de una marca conocida, ni una tienda que pudiéramos saber qué contenía, ni una referencia a esa supuesta grandeza de occidente. Todo era tan nuevo. Tan excesivamente desconocido. Tan inefable.
En ese primer viaje en taxi te das cuenta que en Myanmar tus referencias culturales y comerciales no sirven de nada. No existen. Nada de anuncios de Coca-Cola dándote la bienvenida en el aeropuerto, ni enormes vallas de Media Markt en la carretera, ni 7 Eleven, Starbucks o Burger King coloreando las aceras. El paisaje de Yangon es nuevo para unos ojos occidentales.
Si desde el avión ya veíamos nubes, la capital nos enseñó lo que era el monzón. Lluvia torrencial durante la primera noche. Una lluvia que parecía querer asustarnos o borrar todos nuestros perjuicios o simplemente insuflar nuevos aromas a esas calles. Una lluvia que nos enseñó que en ese país toda su agua es marrón. Que lleva tierra, orígenes y recuerdos. Una lluvia que no es cristalina porque en ese país sólo lo es su gente.
Fue el único día del siguiente mes que vimos llover así. El resto de los recuerdos de Myanmar tienen un sol brillante y rotundo que quemó las fotos, la piel y cualquier posible resistencia a enamorarse de ese lugar.
Yangon es una ciudad difusa y desestructurada en la que tu sentido de la orientación se ve bastante mermado. Ahora puedo decir que es una ciudad fea y poco valiosa para un turista pero eso lo digo ahora, una vez que he vuelto de ese país y he recorrido otras zonas. En esos primeros días, allí, Yangon me pareció una ciudad interesante con mucho por descubrir: desde una gastronomía inesperada y sorprendente hasta un ajetreo en sus calles que contaba mucho de lo que ocurría en todo el país. Una ciudad en la que chocaban olores contradictorios: del olor dulzón de sus parques y pagodas a la nauseabunda mezcla producida por la fruta pasada y la contaminación. Un lugar en el que empezar a entender, a comprender y a querer a ese país tan poco conocido.
Autobuses Yangon
Nos costó movernos y empezar a habituarnos a algunas cosas de ese país. Perdimos tiempo buscando la mejor forma de cambiar dinero y no quisimos acelerar las cosas. Un día más en la capital, más tiempo para ver las cosas, para adaptarnos a su velocidad y a sus formas.
Billetes birmanos
Por supuesto, fuimos a visitar la Shwedagon Pagoda. Sólo recuerdo cuánto brillaba todo el pan de oro que estaba invertido en ese enclave, cómo decenas de personas limpiaban constantemente el suelo, cómo las frutas y las ofrendas se amontonaban en cada pequeña paya. El gris predominante en Yangon se diluía allí para dejar paso al dorado y a un blanco insultante. Antes de salir del país leí que Aung San Suu Kyi, en uno de sus artículos, definía a Myanmar como la “La Disneylandia fascista”; mientras paseaba por ese gigantesco recinto esa definición se me venía constantemente a la cabeza. Ese parque de atracciones budista es sólo una de las muchísimas contradicciones sociales que vas cruzándote en el día a día de Yangon. Una vez que aprendes a mirar, que tus ojos se acostumbran a cosas nuevas te sorprende descubrir que la pobreza de esa ciudad no es tan homogénea como en un primer momento te parecía. Por un lado ves enormes y carísimos coches occidentales aparcados en las calles, descubres alucinada un showroom de Sony en el centro de la ciudad o te encuentras con el anuncio de una crema exfoliante para chicos o de un centro de golf pero, al mismo tiempo, te das cuenta que lo que allí podría llamarse “clase media” es un hombre que pone un teléfono con cable en un puesto en la calle y se gana la vida con las llamadas que otros hacen, son chicas que venden una piña partida en raciones durante todo un día, son mujeres que llevan en sus cabezas enormes capachos repletos, son niños que trabajan desde que aprenden a andar, son gente que arranca uno a uno los hierbajos de los parques con sus manos. Y ellos son parte de la afortunada clase media birmana.
Shwedagon Pagoda
Limpiadora Shwedagon Pagoda
Ofrenda monja en Shwedagon Pagoda
Unos días después -días que ya empezaban a perder su forma y a confundirse en el tiempo- dejamos Yangon. Esa parte de Myanmar que no es Myanmar, que es el resultado de una burocracia férrea y unas decisiones casi siempre equivocadas. Un lugar que existe pero que a veces piensas que no lo hará siempre.

Y llegamos a nuestro nuevo destino. Y había más coches y ahora también motos y ruido y pocas aceras y una cantidad descontrolada de perros y polvo y humo.
Pero algo era diferente:
¡Hola Mandalay!
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YANGON
Alojamiento Classique Inn
Restaurante Green Elephant
Consejos El mejor cambio del país está en Yangon. Aprovecha para cambiar suficiente dinero para todo el viaje.
Una buena idea es llevar un móvil liberado y comprar allí una tarjeta prepago.
Imprescindible Pasear por las orillas del lago Inya. No es especialmente bonito, ni es monumental pero es una genial forma de olvidarse del ruido y el caos de Yangon que a veces agota tanto.