Toda ciudad tiene su museo. Algunas ciudades, en cambio, tienen museos que las superan a ellas en fama y conocimiento y que se convierten en territorios independientes, desubicados y monárquicos. Si en Madrid pasa con El Prado, en París con el Louvre y en NY con el Metropolitan; en el caso del Hermitage en San Petersburgo el efecto es aún más exagerado si cabe. Se puede visitar San Petersburgo y, además, con el mismo visado y el mismo ticket de metro, puedes visitar también la República Independiente del Hermitage.

El primer punto a tener en cuenta es entrar en él. Decir que hay colas enormes sería minimizar lo que realmente ocurre allí durante los meses más turísticos (de mayo a octubre, aproximadamente). Primero hay que diferenciar si vas de visita con un grupo organizado o no, si es así entrarás a la hora establecida por la parte trasera del edificio (la que da al río).En cambio, si decides entrar por tu cuenta, accederás por la Plaza del Palacio. Una vez que llegues allí verás las colas de gente que serán un buen indicador para saber si has madrugado lo suficiente o no. Una vez en una de ellas lo único que te queda es tener paciencia, cruzar los dedos para que no llueva y confiar en que lo que verás dentro hará que la espera merezca la pena. Hay que recordar que la entrada se va permitiendo una vez que la gente que ha entrado previamente va saliendo por lo que hay intervalos horarios en los que las colas van realmente lentas. Hay que valorar, si no se está dispuesto a madrugar, si conviene llegar cerca del mediodía y confiar que haya grupos que comiencen a irse.

Por suerte te puedes ahorrar todas estas preocupaciones si has comprado previamente la entrada por internet. Lo genial de la venta online es que no te obliga a adquirir el billete para un día y una hora concreta por lo que puedes tenerlo en tu poder antes de llegar a la ciudad y emplearlo en el momento que quieras. Si lo tienes, te saltarás las diferentes colas y recogerás tu entrada (debes llevar impreso el resguardo de la compra y enseñarlo al entrar al Museo, allí te indicarán dónde tienes que canjearlo) en menos de 5 minutos. Sin duda, esta opción es altamente recomendable (en cuanto al precio, adquirir la entrada por internet sale un par de euros más cara pero sigue siendo rentable).
Una vez dentro, debes dejar la mochila en consigna (gratis) y sentarte con tu mapa del museo para trazar un itinerario lógico. Lo más interesante es empezar con los periodos artísticos que más le interese a cada uno e ir siguiéndolo luego en orden decreciente de interés. Por tanto, el orden de visita debe ser personal (y seguramente, intransferible).

En líneas generales se puede decir que en la tercera planta está la colección francesa del Siglo XIX y XX (con una impresionante muestra de Matisse), en esa misma planta hay unas salas de arte del Lejano Oriente y de Asia Central (interesante las salas dedicadas a Japón y a la India). Las salas estrellas del museo están en la segunda planta y corresponden con el Renacimiento Italiano y, especialmente, con Rafael. También destacan las obras de arte español y flamenco que están a continuación.
En la planta baja (si has empezado desde la tercera planta, aquí llegarás tras 6 horas de paseo y tus pies y tus fuerzas ya no serán las mismas que al comienzo) se encuentran las famosas momias egipcias del Hermitage y otras muestras de otras culturas milenarias.
Pero, sin duda, la obra estrella de todo el Museo es el propio Palacio. Una auténtica belleza con salas impresionantes en las que merece detenerse a admirar sus trabajados suelos, los detalles de la pintura del techo o las propias puertas de madera.

Dejando de lado la valoración artística del Hermitage (incuestionable, por otro lado), hay dos cosas que llaman la atención de este museo: una de ellas es propia de él y la otra se da en todos los museos-territorios en mayor o menor medida:
- Las cuidadoras del Hermitage: Cada una de las salas de este museo está a cargo de una mujer de mediana edad que, sentada en una silla con su bolso sobre las rodillas, se dedica a mirar a la gente que pasa frente a ellas (o a echar una cabezada si tienen el sueño ligero). Entiendo que su cometido debe ir más allá de eso pero es difícil verlas llamar la atención a la gente que dispara fotos con flash (lo cual está prohibido pero los visitantes hacen continuamente) y aunque suenen las alarmas porque haya gente que se ha acercado en exceso a un cuadro nunca abandonan su silla ni su porte inalterable. Además, cuando una de estas guardianas debe retirarse momentáneamente ¡cierra la sala! Sin duda, estas chicas de oro dan una personalidad al museo difícilmente inigualable.

- El turismo cultural: El Hermitage acoge la mayor concentración de grupos organizados de turistas por metro cuadrado del mundo. Hay veces que no andan por el museo sino que marchan, a paso firme y con determinación, como si de un ejército en acto de servicio se tratase. Esto podría parecer estupendo: siempre el objetivo número uno ha de ser generalizar la cultura lo más posible pero hay que puntualizar un par de cosas: la cultura va más allá de la pintura, puedes ser muy “culto” y no interesarte un cuadro del S.XVI; hay que asumirlo, no pasa nada por ello. Y, segundo, “visitar” un museo no da más puntos en ningún carné de cultureta. El problema que se encuentra en estos museos-imprescindibles es que la mayoría de estos turistas no tienen ningún interés en estar en ese Museo (ni en ningún otro) por lo que se dedican a comentar el tamaño de los genitales de las esculturas clásicas, hacerse fotos con los cuadros o a correr en busca de una silla en cada sala. Abogo por prohibir la inclusión de visitas a museos y galerías en los tours turísticos y, en cambio, dejar tiempo libre para que aquellos a los que realmente les interese puedan recorrerlo a su ritmo. Mientras, aquellas personas que no tienen interés en ver un Museo (algo muy legítimo, por otro lado) puedan dedicar esas horas a ver algo de la ciudad que les interese. De esa forma, todos saldremos ganando.

El Hermitage, sin duda, es uno de los museos más espectaculares que hay en todo el mundo; ahora, el Museo del Prado nos invita a descubrir algunos pequeños tesoros de esta isla cultural rusa.