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Argentina y Chile en tránsito :: Día 4, últimos paseos por Santiago y llegada a Mendoza

La primera etapa chilena del viaje llega a su fin. Toca despedirse de Santiago con un último paseo por aquellos rincones que no nos había dado tiempo a ver, comenzando con una visita al Mercado Vega Central, el principal centro de abastecimiento de productos chilenos de la ciudad. Aunque menos turístico que el Mercado Central, su talante funcional hace que carezca del encanto de este (y, como enamorada de los mercados del mundo, en general no encontré en él ningún atractivo que me haga recomendar su visita).

Tras el Mercado, ponemos rumbo a una visita imprescindible para todos aquellos que visitan Santiago: la subida al Cerro San Cristobal. Como el funicular estaba fuera de servicio, hicimos la subida en un autocar (gratuito) y el descenso a pie. Lo curioso de esta área es que es como un enorme gimnasio gratuito y multitudinario: miles de santiaguinos se reúnen aquí para montar en bicicleta, patinar, correr…

Vistas desde el Cerro San Cristobal

Desde su cima se puede tener unas sorprendentes vistas de la ciudad con los Andes al fondo (eso si el tiempo y la contaminación lo permiten). Aquí es fácil comprender cómo está creciendo la ciudad y ver de dónde viene y hacia dónde va Santiago.

Antes de finalizar el descenso del Cerro, merece la pena desviarse para visitar el diminuto Jardín japonés.

Jardín Japonés en Santiago

Una vez que salimos del recinto del Cerro de San Cristobal (sí, a pesar de tratarse de un monte, éste se encuentra vallado de tal forma que sólo puedes entrar y salir por una de las dos entradas habilitadas), seguimos el paseo por el barrio de la Providencia. Lo primero que nos encontramos fue el Parque de las esculturas, una extensión de terreno cerca del río donde prestigiosos artistas chilenos han situado sus obras en lo que es un agradable parque de recreo.

Estando en Providencia, un precioso barrio acomodado y residencial, el paso al barrio de Las Condes no supone un gran contraste aunque sin duda, en comparación con el resto de Santiago ambos barrios son una isla en lo referente a desarrollo arquitectónico y avance económico; por algo se conoce a esta zona como “Sanhattan” (el Manhattan de Santiago). Las Condes rivaliza en lujo con cualquier otro barrio europeo de nivel; sus grandes avenidas, los altos rascacielos de oficinas y sus protegidas zonas residenciales han hecho de esta zona la preferida por las delegaciones extranjeras. También aquí se está terminando de construir el que será el centro comercial más grande (y que cuenta con el edificio más alto) de Latinoamérica: el Costanera Center. Paseando por estas calles, uno se olvida que un par de estaciones más allá los perros callejeros compiten con gente sin techo por algo que llevarse a la boca. Sin duda, una de las imágenes que más me impactaron del viaje son las enormes desigualdades que hay en la capital de uno de los países emergentes considerados más prometedores y atractivos del mundo.

Parque de las Esculturas y, al fondo, el Costanera Center

No hay tiempo para más.

De camino al aeropuerto nos damos cuenta que nos han faltado horas para ver todos los sitios apuntados en nuestra lista y nos han faltado días para disfrutar realmente de la ciudad y sus alrededores.

El aeropuerto de Santiago es, sorprendentemente, bastante pequeño y manejable. Como Aerolíneas decidió retrasar nuestro vuelo una hora, nos sentamos en una cómoda mesa de la zona de cafeterías y disfrutamos del wi-fi gratuito (que tan difícil nos sería encontrar posteriormente en los aeropuertos argentinos). Allí completamos el formulario de ingreso al país en el cual, curiosamente, te preguntan por la marca y modelo del dispositivo móvil con el que accedes.

Formulario acceso Argentina

El vuelo Santiago – Mendoza dura menos de tres cuartos de horas y es uno de los más bonitos que he hecho en mi vida ya que atraviesa la increíble cordillera de los Andes.

Los Andes desde el avión

Mendoza nos recibió con 35º, cielo despejado y un espectacular atardecer. Todo sea dicho, también nos dio la bienvenida indicándonos que las casas de cambio de los aeropuertos habían cerrado (y los bancos sólo tenían horario de mañana) por lo que nos encontramos teniendo que negociar todo con dólares (los cuales, aunque dicen que son aceptados en todo el país, no es del todo cierto).

En cuanto llegas al aeropuerto te das cuenta de cuál es la seña de identidad mendocina (y la que nos había llevado a nosotros a esa ciudad): los vinos. Es una tierra de buenos caldos y tanto la única tienda del aeropuerto como los carteles que te encuentras en la carretera así lo dejan claro.

Casi todos los alojamientos del viaje los habíamos reservado previamente por internet pero un día antes de partir de Madrid nos encontramos que el lugar donde habíamos reservado nos cancelaba (y de malas maneras) la reserva. Así que recurrimos a un hostel bien valorado que tenía libre una habitación doble: Hostel Lao. Sin duda, los trabajadores de este hostel son verdaderos apasionados de su trabajo y geniales profesionales, nos ayudaron en todo e hicieron muy cómoda nuestra visita a Mendoza. Otra cosa son las instalaciones del lugar: nuestra cama se caía al suelo (literalmente) y aunque nos cambiaron de habitación en cuanto se quedó una libre, la impresión que nos dejó el hostel no fue demasiada buena.

Pero bueno, tocaba descansar que el día siguiente se preveía emocionante (y, de hecho, así lo fue).

 

 

DICCIONARIO DEL TRANSIBERIANO: V de Visado

Diccionario del Transiberiano: Un pequeño repaso al viaje siguiendo el mapa del alfabeto.

Visado ruso, mongol y chino

V de Visados

El tema de los visados ha sido uno de los más tratados en el blog.

Ver cómo gestionar el visado ruso

Ver cómo gestionar el visado mongol

Ver cómo gestionar el visado chino

No viene al caso volver a explicar aquí su importancia y la dificultad para obtenerlos.

Son una necesidad del viaje, más o menos molesta, tan imprescindible como tener el medio de automoción que te lleve al punto de origen desde el que comienza la ruta o una mochila/maleta en la que cargar tus cosas. Pero, también, son un curioso souvenir que gusta conservar para, una vez finalizado el viaje, poder volver a viajar a esos lugares al pasar una y otra vez las páginas de un pasaporte que se ha convertido en el mejor libro de viaje posible.

#Transiberiano2011 >> Visado de Rusia

¡Por fin se ha acabado la burocracia previa!

El viernes pasado recogimos el último de los visados, el ruso. El que, a priori, parecía más complejo pero que ha terminado siendo bastante más fácil de lo esperado.

Os cuento cómo ha sido el proceso:

Nosotros decidimos hacerlo por nuestra cuenta (hasta donde pudiéramos). Si esta es tu idea lo primero que tienes que hacer es pedir cita en www.rusturn.com (hazlo con tiempo, ya que pidiendo la cita el 18 de mayo nos dieron para el 15 de julio). Aunque creas que se trata simplemente de indicar tu nombre para conseguir una cita previa no te confundas: son 5 páginas de formulario en el que te van pidiendo datos y que terminan con una pasarela de pago para que abones los 2,35€ que te cuesta la cita.

Una vez que tienes tu cita ya puedes encargarte de conseguir el resto de los documentos que te solicitan:

–        La visa: Se trata de una invitación formal por parte de una agencia que será la “responsable” de tu visita. Se puede solicitar a los propios hoteles que contrates (aunque ellos también te cobrarán por dártela) o en diferentes webs. La que a priori ofrece un precio más interesante es Destination Russia que te lo gestionan en menos de una hora y por uno de los precios más baratos de la red: 15,68€ por visa.

–        Una copia del seguro de viaje en el que aparezca el nombre del viajero (muy importante esto último).

–        Formulario relleno y con una fotografía pegada. El pdf rellenable se puede descargar aquí.

–        Pasaporte.

Una vez has entregado toda la documentación, te dan un número para que, en la ventanilla contigua, pagues las tasas del visado (únicamente a través de tarjeta de crédito).

Si sumamos la cita (2,35€), el voucher  (15,68€) y la gestión (35€), el visado sale por poco más de 53€.

Y ya está, una semana después te acercas por el consulado (sin necesidad de pedir cita previa esta vez) a recogerlo.

Papeleo y visado para Rusia

Ahora a pensar en otra cosa… que al viaje aún le quedan muchos temas no-oficiales por organizar.

 

#Transiberiano2011 >> Visado de China

Sin duda, obtener el visado de China es un bálsamo de tranquilidad comparado con los otros dos. Para empezar tiene consulado en Madrid y Barcelona lo que permite a más gente poder hacer los trámites en persona; segundo, lo único que tienes que presentar es un formulario que te descargas de su web (y en el que pegas una foto) y el pasaporte y; tercero, el coste son 30 euros que se pagan en metálico al recoger el visado.

Fácil, ¿verdad?

El único inconveniente es su web que, además de ser bastante caótica carece de la información básica. Encima, en los últimos meses han aparecido nuevas actualizaciones del formulario y en los foros se ha creado bastante polémica con este tema: que si hace falta llevar este u otro documento, etc.

Lo mejor es lanzarse, presentarse allí con una foto y el pasaporte, y completar los documentos que te dan (o llevar impresos los de la web ya que son los mismos). En exactamente 7 días naturales puedes ir a recoger tu visado.

Eso sí, id provistos de una buena dosis de paciencia y tiempo disponible porque las colas que se suelen formar a primera hora son bastante importantes y, además, deberás “luchar” para que tu puesto en la fila no peligre frente a todos aquellos que quieren colarse.

Documentación para el visado a China

Ya sólo queda uno… ¿sabéis cuál, verdad?

Tema burocracia: 2/3 completado

#Transiberiano2011 >> Visado de Mongolia

El tema de los visados es indispensable para cualquier viaje por el Transiberiano. Oyes mucho, lees aún más y la conclusión que sacas es: o pagas y te despreocupas o te preocupas e inviertes días para conseguirlos.

Además del dinero y del tiempo que vas a dedicar a este tema tienes que tener en cuenta dónde vives ya que los visados ruso y chino sólo pueden conseguirse en Madrid y Barcelona y el mongol exclusivamente en Barcelona. Si no puedes desplazarte a estas ciudades tendrás que contratar mensajería y, por tanto, los costes y los plazos (esa es otra) se ampliarán.

Vamos con el primer visado:

 

Visado mongol

No tiene mucho misterio pero sí entraña bastante papeleo: Tienes que presentar (o enviar por mensajería, como fue mi caso) los siguientes documentos:

  • El pasaporte original
  • El formulario completo con una foto de carné pegada
  • El seguro médico
  • Los billetes de avión
  • Una explicación por escrito de tu itinerario de viaje (esto es debido a que los billetes de avión que presentábamos no llegaban ni salían del país y no tenía los billetes de tren que me llevarán a Mongolia)
  • El comprobante del pago del visado (70€/visado, bastante caro)
  • Un sobre con tu dirección para cuando lo recoja el mensajero sepa dónde enviarlo

De manera excepcional, en su web encuentras toda la información explicada detalladamente: http://www.consuladomongolia.com/

Nosotros lo enviamos un miércoles y el viernes siguiente ya estaba listo (eso sí, lo recibimos el lunes posterior).

 

Papeles visado Mongolia

¡Uno menos!

Tema burocracia: 1/3 completado.

 

Myanmar: datos prácticos

Visado: Se necesita visado para entrar pero la forma de conseguirlo varía frecuentemente. Hasta el pasado 1 de septiembre se podía conseguir el visado a la llegada al aeropuerto de Yangon pero desde entonces es necesario entrar en el país con el visado ya adquirido. Para ello hay varias opciones: solicitarlo en el país asiático a donde llegue tu vuelo (recordemos que no hay ningún vuelo directo a Myanmar desde Europa), siendo lo más común Tailandia o Malasia, o solicitarlo previamente a la embajada birmana más cercana (para España lo más fácil es enviar el pasaporte junto con las fotos, formularios y el dinero a la Embajada de Berlín).
Hay una tercera forma que nadie ha podido asegurarme de su fiabilidad pero que está ahí y se plantea como una opción cómoda y más sencilla y es completando el formulario que hay en internet.

 

Viajes organizados: Myanmar en un país muy tranquilo. Con un poco de sentido común y haciendo caso de consejos obvios (tales como no intentar entrar en las zonas fronterizas prohibidas para extranjeros o no polemizar con los militares) es innecesario contratar un viaje organizado. La diferencia de presupuesto entre un viaje por agencia y un viaje por libre puede ser, fácilmente, cuatro veces más.

 

Comunicaciones: No vas a tener demasiadas formas de comunicarte con el exterior desde Myanmar, por supuesto nuestros móviles españoles no sirven para nada allí aunque, si el terminal está liberado, una buena opción es comprar una tarjeta de móvil precargada para poder llamar y estar disponible los días que pases en el país.
Otra opción es internet ya que cada vez hay más cibercafés que te permiten navegar por la red. Como los dueños son auténticos hackers son capaces de conseguirte acceso a la página que desees incluidas, por supuesto, las de correo web.

 

Alojamientos: Hay para todos los gustos y presupuestos. Desde hostel básicos donde dormir por menos de 10 euros (habitación doble, con baño y desayuno incluido) hasta resorts fantásticos que te aíslan del país (verlos no los vi pero sí me encontré con muchísimas vallas de publicidad que anunciaban los susodichos hoteles de gran nivel). Por supuesto, también existen opciones intermedias muy interesantes.
Dependiendo de tu presupuesto y tu nivel de exigencia, puedes encontrar algo acorde a lo que buscas en cualquiera de las zonas más turísticas. Fuera de allí las opciones son mucho menores y el campo para elegir se reduce considerablemente.

 

Comidas: La gastronomía birmana es poco variada pero sabrosa y no suele ser tan picante como, por ejemplo, la tailandesa. Merece la pena probar los menús cerrados que hacen en las casas de comida y en algunos hostales porque te sorprenderán lo bien que saben aprovechar materias primas tan sencillas y básicas como las que utilizan. Aún así, Myanmar no es un destino culinario a la altura de otros países del sudeste asiático.

 

Transporte: Moverte por el país es difícil, tedioso y muy largo. Como en cualquier otro viaje tienes tres ítems irreconciliables que debes plantearte en lo referente a cómo moverte:
– Tiempo: Recorrer cualquier distancia en Myanmar lleva mucho tiempo, primero porque las carreteras son pésimas, segundo porque las zonas están muy mal comunicadas y, además de que hay un número escaso de medios de transporte, siempre tienes que intentar combinar un par de ellos para completar el recorrido y tercero porque los extranjeros no pueden coger todos los autobuses/trenes que existen.
– Dinero: Moverse en Myanmar es muy barato pero, por supuesto, la diferencia entre hacerlo en avión y en autocar es muy grande.
– Conocer la cultura: Los birmanos son gente muy generosa y extrovertida y viajar con ellos es una forma genial de conocerlos más de cerca.
En el caso de Myanmar hay que añadir un cuarto:
– Compromiso: El Gobierno birmano se lleva un porcentaje de la mayoría de los transportes, por tanto, es importante encontrar (y viajar) en aquellos medios más económicos para reducir ese dinero que se lleva la Junta Militar al mínimo posible. Lo ideal es elegir medios de locomoción privados para que el dinero que dejas revierta en el propio pueblo birmano.
Si quieres coger aviones la única opción que tienes es reservarlos a través de una agencia de allí. En nuestro caso, los solicitamos a Gulliver Travels, ellos reservaron los billetes y una vez en el país se los pagamos (eso supuso que entráramos en Myanmar sin el billete de salida del país ya que volábamos directamente a Chiang Mai desde Yangon pero no fue ningún problema a la hora de conseguir el visado).

 

Planning: Los días de Myanmar fueron parte de un viaje de un mes por el sudeste asiático por lo que el recorrido no fue todo lo extenso que en un principio hubiera querido y tuvimos que ir con más prisas de las deseadas pero, aún así, la organización básica del itinerario es válida para cualquier viaje más extenso y completo:

Día 1: Vuelo a Yangon desde Bangkok
Día 2: Yangón
Día 3: Yangón (estaba prevista una visita a Bago que no llegó a producirse)
Día 4: Traslado de Yangon a Mandalay y visita de la ciudad
Día 5: Excursión a Sangaing + Inwa + Amarapura desde Mandalay
Día 6: Excursión a Mingun desde Mandalay y traslado a Bagan
Día 7: Visita a Bagan
Día 8: Visita a Bagan
Día 9: Traslado desde Bagan a Lago Inle (visita a las Cuevas de Pindaya)
Día 10: Lago Inle
Día 11: Lago Inle
Día 12: Lago Inle
Día 13: Traslado del Lago Inle a Yangon y de Yangon a Chiang Mai

Myanmar (I): Casualidades y primeras impresiones – Yangon –

A Myanmar llegamos, como suele decirse, de casualidad. Los altercados entre los Camisas Rojas y el gobierno en Tailandia cambiaron nuestros planes que iban encaminados en otra dirección. Pero Myanmar siempre había estado allí. Latente. Esperando el momento para ser visitada… y era la oportunidad perfecta para decirle sí.
A Myanmar entramos, como suele decirse, por suerte. Tres días antes de salir de viaje nos anunciaron que el gobierno birmano anulaba la visa on arrival… Por suerte entramos en el país dos días antes de que esta medida entrase en vigor. Por suerte, el avión que nos llevaba a Bangkok aterrizó antes de tiempo y conseguimos coger el último avión que ese día llevaba a Yangon.
Gracias a la casualidad y a la suerte Myanmar fue real.

Un avión semivacío se hace mucho más grande y triste que uno repleto. En este caso, en el FA3792 que nos llevaba de Tailandia a Myanmar no íbamos más de 28 personas (en un avión de 180 plazas), menos de la mitad éramos occidentales. Entonces no lo sabíamos pero esa iba a ser la tónica del viaje.
La escasa hora y media que dura el vuelo la ocupamos en rellenar los 5 formularios que nos exigían para entrar en el país (además de 30 dólares y 3 fotos de carné), luego sólo quedaba esperar y cruzar los dedos esperando que los funcionarios birmanos se contentasen con eso…

Y en nuestro caso se contentaron. Estábamos en Yangon, estábamos en Myanmar.
Desde la ventanilla del taxi que nos llevó al hotel veíamos puestos de fruta en las aceras, admirábamos inestables construcciones, adelantábamos a pequeñas furgonetas repletas de gente y a osadas bicicletas zigzagueantes. Ni una valla de una marca conocida, ni una tienda que pudiéramos saber qué contenía, ni una referencia a esa supuesta grandeza de occidente. Todo era tan nuevo. Tan excesivamente desconocido. Tan inefable.
En ese primer viaje en taxi te das cuenta que en Myanmar tus referencias culturales y comerciales no sirven de nada. No existen. Nada de anuncios de Coca-Cola dándote la bienvenida en el aeropuerto, ni enormes vallas de Media Markt en la carretera, ni 7 Eleven, Starbucks o Burger King coloreando las aceras. El paisaje de Yangon es nuevo para unos ojos occidentales.
Si desde el avión ya veíamos nubes, la capital nos enseñó lo que era el monzón. Lluvia torrencial durante la primera noche. Una lluvia que parecía querer asustarnos o borrar todos nuestros perjuicios o simplemente insuflar nuevos aromas a esas calles. Una lluvia que nos enseñó que en ese país toda su agua es marrón. Que lleva tierra, orígenes y recuerdos. Una lluvia que no es cristalina porque en ese país sólo lo es su gente.
Fue el único día del siguiente mes que vimos llover así. El resto de los recuerdos de Myanmar tienen un sol brillante y rotundo que quemó las fotos, la piel y cualquier posible resistencia a enamorarse de ese lugar.
Yangon es una ciudad difusa y desestructurada en la que tu sentido de la orientación se ve bastante mermado. Ahora puedo decir que es una ciudad fea y poco valiosa para un turista pero eso lo digo ahora, una vez que he vuelto de ese país y he recorrido otras zonas. En esos primeros días, allí, Yangon me pareció una ciudad interesante con mucho por descubrir: desde una gastronomía inesperada y sorprendente hasta un ajetreo en sus calles que contaba mucho de lo que ocurría en todo el país. Una ciudad en la que chocaban olores contradictorios: del olor dulzón de sus parques y pagodas a la nauseabunda mezcla producida por la fruta pasada y la contaminación. Un lugar en el que empezar a entender, a comprender y a querer a ese país tan poco conocido.
Autobuses Yangon
Nos costó movernos y empezar a habituarnos a algunas cosas de ese país. Perdimos tiempo buscando la mejor forma de cambiar dinero y no quisimos acelerar las cosas. Un día más en la capital, más tiempo para ver las cosas, para adaptarnos a su velocidad y a sus formas.
Billetes birmanos
Por supuesto, fuimos a visitar la Shwedagon Pagoda. Sólo recuerdo cuánto brillaba todo el pan de oro que estaba invertido en ese enclave, cómo decenas de personas limpiaban constantemente el suelo, cómo las frutas y las ofrendas se amontonaban en cada pequeña paya. El gris predominante en Yangon se diluía allí para dejar paso al dorado y a un blanco insultante. Antes de salir del país leí que Aung San Suu Kyi, en uno de sus artículos, definía a Myanmar como la “La Disneylandia fascista”; mientras paseaba por ese gigantesco recinto esa definición se me venía constantemente a la cabeza. Ese parque de atracciones budista es sólo una de las muchísimas contradicciones sociales que vas cruzándote en el día a día de Yangon. Una vez que aprendes a mirar, que tus ojos se acostumbran a cosas nuevas te sorprende descubrir que la pobreza de esa ciudad no es tan homogénea como en un primer momento te parecía. Por un lado ves enormes y carísimos coches occidentales aparcados en las calles, descubres alucinada un showroom de Sony en el centro de la ciudad o te encuentras con el anuncio de una crema exfoliante para chicos o de un centro de golf pero, al mismo tiempo, te das cuenta que lo que allí podría llamarse “clase media” es un hombre que pone un teléfono con cable en un puesto en la calle y se gana la vida con las llamadas que otros hacen, son chicas que venden una piña partida en raciones durante todo un día, son mujeres que llevan en sus cabezas enormes capachos repletos, son niños que trabajan desde que aprenden a andar, son gente que arranca uno a uno los hierbajos de los parques con sus manos. Y ellos son parte de la afortunada clase media birmana.
Shwedagon Pagoda
Limpiadora Shwedagon Pagoda
Ofrenda monja en Shwedagon Pagoda
Unos días después -días que ya empezaban a perder su forma y a confundirse en el tiempo- dejamos Yangon. Esa parte de Myanmar que no es Myanmar, que es el resultado de una burocracia férrea y unas decisiones casi siempre equivocadas. Un lugar que existe pero que a veces piensas que no lo hará siempre.

Y llegamos a nuestro nuevo destino. Y había más coches y ahora también motos y ruido y pocas aceras y una cantidad descontrolada de perros y polvo y humo.
Pero algo era diferente:
¡Hola Mandalay!
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YANGON
Alojamiento Classique Inn
Restaurante Green Elephant
Consejos El mejor cambio del país está en Yangon. Aprovecha para cambiar suficiente dinero para todo el viaje.
Una buena idea es llevar un móvil liberado y comprar allí una tarjeta prepago.
Imprescindible Pasear por las orillas del lago Inya. No es especialmente bonito, ni es monumental pero es una genial forma de olvidarse del ruido y el caos de Yangon que a veces agota tanto.